LA BISTROTECA

LA BISTROTECA

 

     Una de las situaciones que más confianza genera al entrar a un restaurante es reconocer a los comensales como asiduos visitantes. Un saludo cómplice, que el camarero se refiera a ellos por el nombre de pila o simplemente que pidan lo de siempre a la hora de la comanda. Cualquiera que visite La Bistroteca percibirá fácilmente esta atmósfera cercana y acogedora que inunda el espacio y las relaciones entre público y servicio. Si esto sorprende por lo general, la impresión se acentúa con el hecho de que el restaurante haya abierto hace apenas unos meses. Y es que cuando algo funciona, no existen mejores prescriptores que sus propios clientes ni mejor canal que el boca a boca.

     El buen gusto se percibe nada más entrar en un interiorismo tratado con cariño y sensibilidad. Un ambiente en el que predomina la madera y unas acertadas lámparas doradas que aportan la nota distinguida dentro de un conjunto honesto y confortable. Mucho de estas intenciones se han plasmado en la carta y posteriormente se trasladan al plato. Relajada e informal propuesta plagada de toques gourmet que marcan la diferencia. Una actitud que se reconoce como el espíritu del restaurante.

     A la hora del comienzo la carta ofrece una buena oferta de entrantes para compartir, todos ellos con toques exóticos pero ampliamente conocidos ya por el público madrileño. Un sobresaliente guacamole servido sobre mortero de piedra y aderezado delante del comensal es la mejor opción para abrir cualquier comida en La Bistroteca. El preciso y generoso punto de la lima aporta frescor a una salsa de extraordinaria suavidad. Exceptuando el ya famoso guacamole de Punto MX no recuerdo haber probado uno de nivel similar en Madrid. Otra de los platos por los que tengo especial predilección y que no en todos los restaurantes cumple las expectativas son los tequeños, una de las recetas venezolanas más conocidas fuera del país. Este entremés consistente en unos crujientes palitos de queso se ejecuta con maestría en La Bistroteca, acompañados de una salsa de tomate y albahaca en la que da gusto mojar.

     En los principales la estrella indiscutible son las hamburguesas a pesar de que la carta también ofrece brochetas y entre panes. El mimo mostrado en cada detalle y lo sabroso del resultado final hacen de estas hamburguesas un contendiente claro a disputarse, en muy poco tiempo, el podio entre las mejores de Madrid. Los carne es 100% gallega, criada en libertad y se pica diariamente para elaborar cada uno de los trozos que llegan a las mesas. Existen también opciones alternativas dentro de las hamburguesas como la Nipona, consistente en un medallón de atún a la plancha, o La Corrala, para los amantes del pollo. Para mi gusto, y tras varias visitas, La Gansa es la opción más recomendable. Al filete de vaca añeja se le suma un delicioso medallón de foie a la plancha, cebolla caramelizada y rúcula, todo ello entre una pareja de panes artesanos elaborados a base de cerveza negra. Un resultado sabroso y satisfactorio con los ingredientes justos y necesarios, sin caer en ningún momento en excesivas combinaciones que acaban desvirtuando los sabores.

     Buenas opciones en los postres, como el mousse de maracuyá con crumble de almendras, y una agradecida selección de cócteles y copas completan una opción altamente recomendable en la que disfrutar de veladas en confianza. A todas las bondades de una propuesta acertada en lo que a su diseño se refiere, tanto de sala como de carta, se le añade una relación calidad-precio inmejorable apta para todos los bolsillos.

 

Dirección:

Calle de Espartinas, 7, 28001 Madrid