La vaca y la huerta

la vaca y la huerta

     Campestre y sano, carne y verduras que proceden de vaca, en algunos casos, y de todo el abanico que albergan nuestras huertas, el producto en buenas condiciones, ingredientes básicos para elaborar fórmulas de éxito que no pasan de moda, caminos de toda la vida por los que siempre apetece transitar. Una parada para recoger unos tomates al natural, un poco de sal, un ligero derramamiento de aceite, una pieza que cobrarse a bocados sin más utensilios que las manos; el sabroso jugo que emerge de unas cavidades carnosas y de buen color, un rojo vivo, pero no artificial. Carne vegetal degustada a saludables mordiscos que inundan la boca. La huerta en sí misma.

     Cuando el producto es el protagonista poco que hacer tiene la cocina, la calidad y el origen de los alimentos define íntegramente el resultado que golpea el paladar, un impacto que a veces sabe a caricia y otras a bajo arañazo. Como si se tratara de un suave terciopelo se presentan unas alcachofas al natural, de nuevo ligeramente regadas por el oro liquido marca de nuestra gastronomía mediterránea, una suavidad y frescura en el sabor que le vale para resultar en el mejor de los entrantes que encontraría por este paseo hortelano. Un revuelto de trigueros completaría una serie inicial en el que la desnudez de los alimentos ha marcado la tónica general, una declaración de intenciones de aquel que tiene el producto de su lado.

     El fuego y la mano alteradora de la cocina comienza su ciclo, unas reseñables croquetas de setas, cremosas al interior, crujiente y de rebozado bien armado su apetecible caparazón; un conjunto que funciona y se disfruta. Todos los preparativos habían sido dispuestos para el gran acontecimiento de este lento caminar, la vaca se cruza en el camino, y como los preámbulos son cosa de gente refinada, abrimos en canal y hasta las mismas entrañas. Mollejas. Preparadas a modo de guiso y en este caso al brandy. Deliciosas, incluso para aquellos con reparos, pues la preparación y combinación de sabores es más que acertada y apropiada. Un plato en el que detenerse sin prejuicios y abandonarse a la evidencia de un conjunto armonioso y placentero, absolutamente recomendable.

     Después de haberla abierto tocaba probar su codiciada carne, en este caso un lomo bajo, cruda, algo de sal, y unas patatas para acompañar. Sentarse a degustar una pieza de carne en toda su grandeza y a la vez sencillez. Acto primitivo el de comerse a otros animales y a la vez tan plácido y reconfortante, vuelta al origen, a donde habíamos empezado, con el producto en sí mismo y con el trato justo. Carne roja, firme en su complexión, el necesario punto de grasa que tantos matices aporta a cada bocado. Primigenios y accesibles placeres con los que todavía nos deleitamos.

     De vuelta a casa me tropezaría con unas muy buenas fresas y algo de queso mascarpone que terminarían de dibujar la sonrisa en mi rostro. Saludé a un labriego que también pasaba por aquí mientras no podía parar de preguntarme como podía ser qué un urbanita del s.XXI siguiera encontrando los mismos placeres en aquello que ya disfrutaban sus ancestros hace tanto tiempo atrás.

 

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