La Picantería

La Picanteria

     A veces me sorprendo reflexionando sobre como he llegado a parar a este lugar. Existen pequeños parajes del mundo en los que jamás se nos pasaría por la cabeza que podríamos recalar. Todas las apuestas estaban en contra, y ni un loco se hubiera jugado una moneda. No tiene sentido alguno. Y sin embargo, por una casualidad, por una coincidencia, o por el destino, en realidad poco importa el nombre que le pongamos a lo improbable, ahí estamos, de pie, con la vida a cuestas y una nueva línea en el diario. Miro hacia atrás y algunos de los restaurantes más excitantes a los que he tenido el gusto de ir a parar, no ha sido gracias a guías, grandes anuncios mediáticos o verdades gastronómicas vastamente extendidas, no, ni mucho menos. Ha sido por esa persona que me encontré aquel día en el hipódromo y llevaba meses sin ver, ha sido gracias al mensaje del amigo del amigo que casualmente se había pasado por ahí unos meses antes, ese comentario que tantas veces pasó de largo y esta vez se quedó grabado, en definitiva, por explicaciones coherentes que creamos a posteriori para explicar unos hechos que no tienen ni pies ni cabeza. De una de esas formas inventadas acabé en La Picantería, pero esa historia podría ser cualquier otra y poco importaría.

     Abarrotada, de gente local pero también de extranjeros, una picantería tradicional peruana en Surquillo, barrio limeño por el que no se suelen ver muchos turistas. Tampoco había demasiadas personas por la calle. Sin reserva, y debido a la multitud, se antojaba como una ocasión perdida o una espera eterna. Suerte o destino, tras un recibimiento amable y cordial nos invitan a tomar unos tragos en la animada barra que hay en la entrada mientras esperamos nuestro turno en la lista. La situación se convierte en oportunidad, el ambiente, la música, las diferentes elaboraciones alcohólicas que el camarero preparaba tras la barra a base de diversas botellas grandes de cristal con un sinfín de productos, frutas y condimentos en su interior. Tinajas con etiquetas escritas a mano completan las estanterías. El tiempo pasaba y así lo hacían las copas pero en ningún momento era un problema, entre trago y trago nos tomaron la comanda mientras explicaban las bondades de los productos del día. Una cabrilla fresca fue el pescado que nos cocinarían como principal tras una interesante conversación con la camarera, primero en forma de ceviche y posteriormente al horno, que así sea. La comida se ordena en la barra, en una conversación de bar con una copa en la mano y sin ningún formalismo impostado. La pérdida o relajación de las formas en los restaurantes no tiene ni la más mínima influencia en el sabor. Comprobado.

     Mesas corridas en la sala donde las conversaciones surgen espontáneas, no siempre entre los conocidos que entraron juntos. Una cosa lleva a la otra y se acaban compartiendo las generosas raciones que cada uno ha pedido. Prueba un poco de mi rocoto, te paso de este ceviche. Austera, sin mucha decoración en las paredes, pero alegre, no sólo por la comida y los comensales, ayudan unos festivos banderines de colores que cuelgan del techo de lado a lado; también por el ajetreo de platos y camareros que salen de uno de los costados de la sala que corresponde a la cocina, abierta, dónde además se muestra el pescado fresco recién recibido. Los piscos no dejan de desfilar, tampoco los fashion balls, como el de maracuyá que me preparó el camarero en la barra. Le pido otro. Elaboración alcohólica macerada con esta fruta, servida con un gran hielo esférico y sobre una tabla de madera y hojas que se presenta bañada por una neblina blanca. Cóctel delicioso que también aguanta la comida.

     El ceviche, uno de los mejores que he probado durante mi estancia en Perú, fresco, ligero a la vez que de sabor intenso y marcado. Muy notable la textura de los trozos de cabrilla, con cuerpo y presencia en el que se agradece la carnosidad de cada bocado. Bien aliñado y con el toque picante necesario. Bomba calórica de la mano de un sabrosísimo rocoto relleno (pimiento rojo relleno de carne picada). Sorpresivo, debido a mi desconocimiento, fue la leche de tigre, el jugo que queda de la elaboración del ceviche al que se le agrega pisco y diferentes condimentos, otro trago más que en este caso no fue intencionado pero si agradecido. A gran nivel el arroz norteño, un plato que guarda grandes similitudes con nuestra paella y que en esencia es un arroz con diferentes pescados salteados. Y por supuesto, el principal, la cabrilla al horno condimentada con una salsa de ají y patatas fritas como guarnición. Preparación genuinamente peruana de este pescado del país, que ya sólo por su simple descubrimiento merece gran atención, a lo que se suma unos sabores y texturas de gran interés para el paladar.

     La Picantería es una experiencia gastronómica tan completa, auténtica y desenfadada, que bien sea por las oscuras suertes del destino o por la propia iniciativa de cada cual, todo aquel con una mínima inquietud gastronómica debería preocuparse por parar en algún momento en estas mesas corridas llenas de sabor y buena gente.

 

Dirección:

Surquillo, Sta Rosa 388, Lima, Perú.