CARAY

CARAY

     Había una vez, hace ya mucho tiempo, en el que los restaurantes no se ponían de moda. Parece difícil de creer, pero juro que es verdad. En aquel tiempo los cocineros no eran famosos; más de uno se reiría si se le hablara de aparecer en programas de televisión. – Eso para toreros y cupletistas. - ¿Escribir un libro? No soy escritor, yo sé de fogones, perdices y algo de cocidos, pero no mucho más. En aquella época los cocineros no firmaban autógrafos, tampoco se les paraba por la calle para hacerse fotos con ellos. La reacción más habitual hubiera sido ver al cocinero corriendo calle arriba ante la presencia de un ser perturbado. Reacción parecida experimentaría cualquier comensal si en la mesa de al lado, un individuo, con gesto serio y concentrado, desenfundara su Zeiss Ikon Box Tengor, acercara su ojo hacia la abertura correspondiente al visor vertical, y sin más miramiento ni disimulo, comenzara a retratar; como si de la mismísima Monica Vitti en paños menores se tratara, el plato que le ha servido Ramón el camarero. Sería cómico y ridículo a partes iguales.

     ¿Redes sociales?, ¿community manager?.

     – Hablamos de comida joder, ¿eso que tiene que ver?. ¿Qué es una red social?

     Más de uno considerará imposible, que un restaurante sin un cocinero famoso, unas mesas incómodas o una comida estrafalaria pudiera siquiera tener comensales o público, como cada uno prefiera llamarlo. Y es que hubo un tiempo, en el que la sacralización se ceñía a las imágenes religiosas y la comida producía placer, alimentaba, pero no era divinizada; en ese tiempo comer era un acto corriente, cotidiano, en definitiva, normal.

     Las gentes de aquellos tiempos se reunían en torno a una mesa, disfrutaba de la compañía, resolvían asuntos que les perturbaban o celebraban onomásticas y fiestas de guardar. La buena mesa acompañaba y servía de hilo conductor para los comentarios de las batallas libradas ante el paso del tiempo. Victorias y derrotas, raramente repartidas a partes iguales.

     Imagen y exceso, reyes sin corona ni castillo que forjan la actitud de nuestro tiempo. Maximizar, siempre maximizar, - ¿la comida?, ¿la gastronomía?. -¿Porqué no?

     No conozco al chef de Caray (disculpe mi ignorancia), desafortunadamente no tuve que comer de pie mientras esquivaba codazos y suplicaba al camarero que me sirviera lo más fotogénico que tuviera, tampoco comí ningún plato de alta fusión asiático-africana con influencias sudamericanas, ¡qué pena!. Para mi sorpresa no tuve que reservar con meses de antelación, ¡qué desfachatez esto de no tener que hacer malabares con el calendario!, el síndrome de Estocolmo, ya saben...

     Caray es más de aquella época que de esta, la nuestra, no sólo por su seductora decoración años sesenta por la que podría desfilar la mismísima Lesley Lawson junto a Vidal Sassoon y la panda, sin desentonar lo más mínimo, ellos nunca desentonaban, ellos daban la nota; sino por lo perfecta y tranquila de la atmósfera creada. Por la precisa habilidad de crear unos platos sabrosos, a base de buen producto y que no renuncian a las influencias de su tiempo. Por que todo esta dispuesto para acompañar a una buena velada, jamás desentonar ante una bien elegida compañía o convertirse en el idóneo escenario de una conversación para el recuerdo.

     Hay veces que estar en el sitio correcto, sin dar un paso más de lo necesario pero ni uno menos de lo suficiente, es mucho más difícil de conseguir que saltar a la palestra a bombo y platillo y caer en el ridículo. Caray es un condimento elegante, discreto y gentil que puede transformar veladas cotidianas en experiencias suculentas. Un restaurante en el que el único riesgo posible es escoger mal a nuestro acompañante.

 

Dirección:

c/ Hermosilla, 2. 28001, Madrid.