CAN DANI

CAN DANI

     Unas cuantas mesas al otro lado de un muro. Blanco, de una casa payesa algo solitaria entre la nada de una carretera local. Soledad presentada por una majestuosa higuera. El umbráculo, en este caso natural, prepara al visitante para el acontecimiento. ¡Qué importante han sido siempre las puertas a lo largo de la historia! Cómo accedemos a los lugares, cómo son esos límites, esas fronteras diarias que separan un espacio de otro. Lo que hay al otro lado y la permanente fuerza que nos impulsa a tratar de descubrirlo.

     Al otro lado del muro el mismo cielo abierto, la misma luz, idéntica temperatura y una brisa similar. Una cena al aire libre, entre arboles y pórticos de madera. Todo guarda un parecido notablemente diferente. Sobre un suelo empedrado se clava el acertado mobiliario de fundición, sobrio y cómodo, elegante en definitiva.

     Can Dani. En Formentera y con una estrella Michelin. La única bajo el cielo estrellado de la isla. Difícil reto el de soportar todas las miradas. Ante él, Ana Jiménez y su equipo desarrollan un trabajo marcado por la ilusión, el cuidado en los detalles y una bien entendida jovialidad e ingenuidad de juventud, como no podía ser de otra manera.

     El restaurante ofrece la doble opción de carta y menú, que siempre deja más libertad al comensal ante el extendido temor a los menús pantagruélicos. Situación ampliamente extendida a la que someten al cliente muchos de los cocineros estrellados. Además de la muy apetecible carta, que puede representar la opción más cómoda, Can Dani presenta un menú increíblemente equilibrado entre variedad y cantidad. Uno de los más acertados que recuerdo. Seis platos además de los habituales aperitivos de bienvenida que generan un interesante recorrido de sabores. Cada uno de ellos de más de un bocado para degustar un plato como se ha hecho toda la vida, sin caer en la excesivamente breve experiencia del mono-mordisco, ni en el, a veces, tedioso recorrido por unos platos manifiestamente de relleno.

     Sorprende el primero, quizás el mejor del conjunto, que deja el listón muy alto para el resto del menú. Un carpaccio de langostinos, vermouth, mango, lima y sal de pistachos de gran ejecución. Fino, como mandan los cánones del buen carpaccio, con todos los ingredientes ligados en torno a las delicadas láminas de piel en el que se encuentran agradecidos contrapuntos en forma de esferificaciones de mango y desmenuzados trozos de pistacho. Una isla de ingredientes distribuidos de forma irregular sobre la base de langostinos que muestra una impactante homogeneidad en su conjunto. Un conjunto fresco y muy ligero, que origina a partir de las notas cítricas y el sabor de los langostinos que subyace, una combinación de resultado notable.

     Los aperitivos previos están al nivel de lo que se puede esperar en un restaurante con estrella. Correcta bienvenida que en este caso no llegan a ser memorables, una cortesía que no disgusta. La noche continuó con unos huevos fritos con beicon, trompetas y muerte. Plato que sorprenderá a muchos y que puede parecer desubicado, a pesar de lo cual cumple y no hace decaer el menú pese a lo que se pueda pensar en un primer momento. La referencia a la comida diaria y casera, a un plato conocido y experimentado por todos, es un reto del que sale airoso a pesar de las dificultades. En gran medida debido al buen uso que se le da a las trompetas de la muerte y el gusto con el que se presentan en el conjunto.

     Prosigue una merluza con calabaza en la que se reconoce un pescado de primera al que le acompaña una lámina de jamón. La calabaza, picada y elevada a guarnición. En el fondo del plato, un aceite de pimentón con puré de patatas que ensucia demasiado unos sabores, de partida curiosos, que podrían tener un resultado más satisfactorio. La parte salada del menú termina con un cochinillo con chalotas, queso Idiazábal y gástrica de naranja ante el que no queda otra opción que descubrirse. Perfecto remate.

     Servicio impecable en el que se nota la muy eficiente batuta de Jordi, cercano sin perder la corrección. Mención especial requiere también el maridaje, con referencias como Choya, un licor de cereza japonés muy atractivo y suave, o el galardonado MMM de Casa Rojo. Todas las referencias no son sólo grandes vinos o licores sino que casan a la perfección con los platos que acompañan, tarea básica de cualquier maridaje a menudo olvidada.

     Los postres son la parte más floja del menú, especialmente con un juego algo forzado en forma de plato que representa la isla de Formentera. En mi opinión, el espíritu de la isla es más que evidente en cada detalle de este restaurante, alegría, diversión, un carácter desenfadado y una forma sencilla de hacer feliz a la gente; todo eso queda tan a la vista, que se vuelve innecesaria la excesiva literalidad de la última etapa, que sólo consigue convertirse en el plato más flojo y olvidable de un menú que brilla por su coherencia.

     En definitiva, Can Dani ofrece unas respuestas certeras a las limitadas, a la vez que suficientes, virtudes de las que puede hacer gala en un emplazamiento como el suyo. Una manera inteligente de actuar, algo tan sencillo y evidente como extraño. 

Dirección:

Carretera de La Mola, Km. 8.5, Formentera, Islas Baleares