LATA DE SARDINAS

Lata de sardinas

            Unas sillas de colegio, no de esas que tratan de parecer de colegio, de colegio de verdad, como la mesa, incómoda y estrecha para los tiempos que corren; los niños bien crecidos que tratan de comer y los abrigos con que se cubren en el frío invierno tienen el sitio justo en estas mesas de madera. Un par de anoréxicas estanterías soportan unos juguetes desconocidos para cualquier niño de hoy en día. Una ilustración de trazo naif y reflexión jocosa completa una sala que más tiene que ver con los comedores escolares que con los restaurantes que se violan mutuamente por aparecer en las revistas de moda.

            Lata de Sardinas no es un sitio de moda, no creo que llegue a serlo nunca y dudo mucho que lo pretenda, aun así llena sus mesas sin problemas en los servicios de fin de semana; tampoco es un bar, ni de los rancios ni de los cool, tiene barra eso sí, minúscula como todo, pero aguanta unos cuantos pares de cañas bien tiradas y patatas fritas, sí patatas fritas sin más, de las de siempre. Sus dueños dicen que es una taberna o eso reza el cartel, pero creo que es algo más personal que una taberna a pesar del recuerdo melancólico, ambiguo y actualizado que evocan estos lugares.

            La luz tenue, más por falta de medios que por decisión propia, o eso da la impresión, baña veladas informales de buena gastronomía a base de platos que se pueden compartir pero que perfectamente pueden funcionar de manera individual. Formas relajadas, ropajes descuidadamente calculados y miradas enérgicamente difusas de unos jóvenes cada vez menos jóvenes que se dejan seducir por los sitios pequeños, las grandes historias corrientes y las regiones oscuras que quedan entre los focos de los mass media.

            Boca a boca, así llegue yo y supongo que mucha gente antes que yo, no la suficiente como para requerir la atención del gran público, y casi mejor. A la pregunta de si existen realmente buenos sitios para comer que escapan a los radares generales mi respuesta es un rotundo sí, algo que desde hace algún tiempo y con buenas mesas a mis espaldas llevo barruntando.

            Algunos pueden pensar que Lata de Sardinas es cutre o incómodo, y puede que tengan razón pero…¡que les den!, esto no es para ellos. Esto es para gente de una generación concreta, personas que se han dejado barba, que cambiaron las telas de sus camisas y que empezaron a interiorizar sin saberlo, mientras comían sus galletas Dinosaurio, que no iban a vivir mejor que sus padres, bueno ¿y qué?, que no iban a tener las cosas que tuvieron ellos; pero decidieron que eso no iba a ser un impedimento para buscar ligeras alegrías en los huecos que les dejaba el día.

           Esta generación abrazó Twitter y se le cayó el mundo a los pies cuando su sobrino de 15 años le dijo con gesto serio que no se hacía Facebook porque es algo de viejos. ¡¿Pero qué?! ¿Nos hemos hecho mayores? La respuesta no es dulce, pero puede decirse que sí. Este restaurante es para ellos, porque a pesar de la crisis, bien sea por moda o por Dios sabe qué, una buena parte de las nuevas generaciones se han preocupado por comer bien y por hacerlo cada vez mejor.

            Los platos que aquí sirven son el síntoma de una generación que se ha buscado la vida como ha podido entre las brasas de una violenta crisis, una condición pero no una excusa para ponerle cariño al trabajo de cada día, plantarle una sonrisa a los malos tiempos y abrazar la honestidad como bandera al no tener muchas otras banderas más que abrazar. 

            Extremadamente cremosas y sorprendentemente crujientes por fuera son sus croquetas caseras. Delicioso y sin nada que envidiar a muchos otros el tataki de ternera bien aderezado con soja y mostaza. A gran nivel también el pulpo a la lima. Pero sin lugar a dudas los mejores platos suelen venir de las recomendaciones fuera de carta por las que siempre es bueno dejarse llevar. Originalidad, calidad en los productos, honestidad y personalidad en las elaboraciones y un ambiente singular y desenfadado hacen de Lata de Sardinas uno de los rincones más recomendables, diferentes y agradables en los que disfrutar de la buena mesa en nuestra querida capital.

 

Dirección:

c/ Limón, 12, 28015, Madrid.