ANGELITA

Angelita

     A pesar de que a más de uno pueda sorprender, no hacen falta fusiones extravagantes, marcas blancas de alguna estrella o miles de reseñas en las revistas que dictan tendencia para encontrar lugares en los que pasar un buen rato; con la gastronomía como excusa, por supuesto. Y no, tampoco hace falta apelar a rancios rincones o templos sólo para iniciados. Puede que las tabernas de nuestros días se tengan que vestir de hipster, parece el signo de nuestros tiempos, y en el fondo algo nos gusta a todos; pero incluso las barbas más pobladas prefieren la comida fresca y de calidad a los platos fotocopiados que se reparten al por mayor. O al menos así prefiero pensarlo.

     Un local agradable y decorado conforme al gusto contemporáneo, una cocina de temporada y huerta que respira honestidad y una selección de vinos tan personal como inusual componen la fórmula de Angelita. Una receta sencilla y eficaz que llena sus mesas día tras día, gracias en parte a un ticket medio sorprendentemente contenido para como esta Madrid actualmente. La barra de vinos para un aperitivo o un trago de entre horas tampoco tiene desperdicio.

     Sin perder de vista lo bien armada de su propuesta culinaria, no hay que olvidar que Angelita es ante todo un bar de vinos. Un refugio para los amantes de esta noble bebida de corte intelectual y que tan maltratada se encuentra por la mayoría de hosteleros de nuestro país. Si bien muchos de ellos han realizado incomprensibles esfuerzos por hacerse con ingredientes completamente ajenos a nuestra gastronomía e importar las fusiones más estrafalarias, sus cartas de vinos siguen ciñéndose a los sospechosos habituales (Luis Cañas, Carrovejas y cía.); afortunadamente en Angelita van a contracorriente. Una carta que se renueva de acuerdo a mercado y temporada, con predominio de productos nacionales y alguna licencia a la fusión en las elaboraciones, se complementa con una carta de vinos bien armada y erudita de un sinfín de regiones. Entre los grandes atractivos de Angelita esta la posibilidad de beberse la bodega a copas, pudiendo probar numerosos vinos de nivel en una misma cena y así hacer las veladas (y las compañías) más interesantes. Merece mención la labor didáctica que realiza el equipo de sala explicando el vino que sirve a cada uno de los comensales, más allá de la protocolaria lectura de la etiqueta. Algunos de los grandes descubrimientos que me han brindado estas copas: los vinos de La Sorga, del bodeguero Antony Tortul y enclavados en la zona del Languedoc, y los del Domaine Michel Lafarge en Borgoña. Guardo muy buen recuerdo de ambos.

     Y para aquellos no iniciados todo lo demás, a saber una carta ligera y comedida que apuesta por productos seleccionados de la tierra y algunas piezas de mar. Entre los clásicos el pisto de tomate OX, yema de corral y puntilla; sabor natural el que presentan las verduras, unas patatas moradas como toque distintivo y la yema de huevo que liga un conjunto recomendable. También con yema un carpaccio de portobello (champiñones), parmesano y almendras. La apuesta es clara por unos productos base de calidad, sin demasiado tratamiento en cocina, en los que no se resta protagonismo a la frescura del producto, toques divertidos a modo de guarniciones/complementos y recetas reconocibles para el comensal. Si el formato de carta posee ya de por sí una rotación interesante que le da la estacionalidad, a ello hay que sumar los fueras de carta que ofrece el mercado a diario, en muchos casos imprescindibles.

 

Dirección:

Calle Reina, 4, 28004 Madrid

LATASIA

latasia

     Evito frecuentar demasiado a menudo la mayoría de restaurantes. Cartas que no varían lo más mínimo, consecuentes decepciones ante lo ya conocido, la sana preferencia por la novedad, o la dificultad de superar los recuerdos edulcorados que guarda mi cabeza. Me sobran dedos en una mano para contar las mesas de las que soy un habitual; eso de pretender ser el parroquiano de todas las barras de Madrid cada vez se vuelve más ridículo. Si me preguntan a qué restaurante he ido más veces en el último año no titubearía en afirmar que ese ha sido Latasia. Después de mi casa es el que más visito, y tampoco hay demasiada diferencia entre las veces que como en cada uno por semana.

     Una casa de comidas contemporánea en la que cada día se puede comer de maravilla sin necesidad de estridencias ni parafernalia. No por ello se renuncia a una libertad cañera y desenfadada a base de un amplio abanico de sabores, fondos elaborados y producto de nivel. Fusión de cocinas muy dispares hilvanadas de manera certera por un oficio tras los fogones como pocos sitios presentan en Madrid. Toda la propuesta esta plagada de una genuina intuición gastronómica a la hora de combinar ingredientes, técnicas y presentaciones; cada cosa en su justa medida. Maravillosas las notas picantes que aparecen de vez en cuando en algunos de sus platos. ¿Cocina fusión? Seguramente, pero a fin de cuentas un conjunto de recetas sabrosas, calibradas, y de un espectro muy versátil. Esta cocina ecléctica que tiene el disfrute como objetivo es una de mis favoritas en Madrid.

     Ya sea la potencia de la panceta confitada y glaseada con bourbon coreano, el refrescante tiradito de lubina con aliño de cítricos y ali oli de rocoto, o la imprescindible stracciatella de burrata con tomates de huerta y tomate confitado, cada plato aporta sabores particulares de gran interés. El formato de todo al centro y la flexibilidad de la carta permiten que cada comida en Latasia pueda proponer un recorrido diferente. Aconsejable no dejar de probar el ceviche limeño, un plato que deja en evidencia esa fallida epidemia que ha inundado de aburridos y mediocres ceviches todos los restaurantes con pretensiones que se han abierto en Madrid recientemente. Suave, adictiva y muy lograda la ensaladilla rusa, pocas de este nivel conozco en la capital.

     Los principales los dominan las carnes y los pescados, además de unos sorprendentes fuera de carta que suelen deparar grandes alegrías. Contundentes y con mucho recorrido de sabor tanto el lagarto de ibérico como el rendang de carrillera de vaca guisada en curry malayo, una carne esta última que se deshilacha con gran elegancia. En los pescados destacan tanto el pez mantequilla al horno como una deliciosa raya macerada en sambal. Algunos días, cuando el mercado presenta el nivel que se espera de él, se ofrecen magnificas piezas de carne de proporciones considerables, especialmente el chuletón y la picaña; si están disponibles no tengan dudas. El chuletón fileteado cocinado lo justo y con una certera guarnición de patatas fritas bien condimentadas es uno de esos grandes placeres que guardan los rincones de esta casa.

     La oferta de postres sin ser amplia mantiene un nivel bastante considerable, desde unas golosas texturas de chocolate hasta un digestivo y muy recomendable pie de limón y mango. El servicio de sala es voluntarioso y atento, con maneras de gran restaurante en el cuidado de los detalles y el cambio de platos y cubiertos. El apartado de vinos cumple sin llegar a ser uno de los fuertes de esta casa, un aspecto en el que cabría esperar más recorrido y riesgo.

     Apenas unos cuantos meses han pasado desde que Latasia abrió sus puertas y ya no son extraños los llenos tanto a diario como por supuesto en los fines de semana, una muestra del verdadero éxito de esta cocina. Si todavía no lo conocen, si han ido pero no han tenido tiempo de volver, o si son ya unos habituales, no lo duden a la hora de (volver a) entrar por esta puerta de la Castellana. Y es que Latasia es uno de los restaurantes más interesantes, actuales y vibrantes que hay ahora mismo en Madrid.

     Allí nos veremos.

  

Dirección:

Paseo de la Castellana, 115, 28046 Madrid

Tuk tuk

tuk tuk

     Un repertorio de streetfood asiático en formato de cadena occidental que coloniza Madrid a golpe de baos y curry. Recetas del sudeste asiático que abren la oferta de una cocina vecina (continentalmente hablando) que hasta hace poco colonizaban chinos y japos. Tuk tuk ocupa un espacio poco explorado, aquel que queda fuera de las pizzas y hamburguesas en lo que a comida rápida, viajera y económica se refiere. Un proyecto que ha encontrado huecos inverosímiles entre el asfixiante tráfico que congestiona la urbe gastronómica. Debe ser que todavía quedan algunos. Y en esos huecos, y a la velocidad que la actualidad exige, una oferta eficiente y apta para todos los bolsillos se ha convertido ya en un servicio imprescindible para un gran número de madrileños.

     Noodles, sopas, brochetas y diferentes combinaciones de ingredientes sobre boles de arroz componen la oferta principal. Sin embargo, la estrella viene de la mano de un producto de enorme éxito en los últimos tiempos, los baos. Mucho se ha extendido el bao por nuestras calles, en diferentes formatos y con multitud de ingredientes, pero pocos o ninguno he probado del nivel del que actualmente sirven en Tuk tuk. El pan de base es de un formato mayor al habitual, sin perder su característica esponjosidad, y sirve de abrigo a un conjunto de ingrediente vegetales que acompañan a un cerdo deshilachado lleno de sabor y jugosidad. Unos bocados más que notables que encuentran notas refrescantes gracias al punto que aporta el cilantro. Un plato urbano, sabroso y acertado que ejemplifica lo mejor que este restaurante puede dar de sí.

     Entre las sopas destaca una contundente, y en algún momento algo densa, Malay curry Laksa. Una sopa de curry y leche de coco a base de noodles, gambas, pollo y tofu. Este plato hará las delicias de los amantes del picante hindú y se convertirá en una prueba de fuego para los paladares sensibles. En el apartado de los arroces un sorprendente Bicol Express, a partir de chiles, leche de coco, camarones, cebolla, cerdo y ajo. Un plato lleno de contrastes que escapa de las categorías más clásicas entre las que nuestros paladares suelen encasillar la comida.

     Y como en la ciudad no hay tiempo que perder, y las cosas es mejor hacerlas bien o no hacerlas, los postres carecen de representación en este restaurante. Tuk tuk es una propuesta que bien merece una visita, especialmente para los amantes del continente asiático. Muchos quedan enganchados de manera permanente. Un fenómeno que sigue creando verdaderos devotos a su paso y ampliando su catálogo de locales en la capital. Platos para compartir, un formato informal a la vez que divertido y una relación calidad-precio más que atractiva, éxito garantizado. Y es que Tuk tuk, además de las bondades gastronómicas que ofrece a cualquier curioso, quizás sea uno de los mejores remedios para los nostálgicos de sus paseos en mototaxi y con mochila al hombro por las lejanas tierras de Oriente.

 

Dirección:

Calle de Alcalá, 167, 28009 Madrid

The Stuyck Co.

The Stuyck Co

     Una de las cualidades que más valoro y admiro es la pasión a la hora de hacer las cosas. La ilusión del aficionado devoto por un deseo que resulta extraño a ojos del resto. Todos esos locos cerveceros que peregrinan en busca de nuevas botellas y sabores están de enhorabuena, pues recientemente ha abierto en Madrid un local que sumar al apartado de imprescindibles. The Stuyck Co. es un proyecto liderado por apasionados cerveceros que rebosa conocimiento y cercanía acerca de la popular bebida de cebada. En la céntrica Corredera Alta de San Pablo se encallan catorce grifos de cervezas artesanas desde los que saciar a sedientos visitantes y habituales entendidos.

     A pesar de que de un tiempo a esta parte casi todos los bares y restaurantes han incorporado a sus cartas alguna referencia artesana, y en la mayoría de los casos ciñéndose a una o dos marcas de sobra conocidas, en The Stuyck Co. se citan cada semana catorce barriles diferentes de cervezas de todo el mundo. Un conjunto de etiquetas y nombres que el aficionado medio no habría podido ni imaginar que existiesen. Lugares remotos, diferentes elaboraciones y un amplio arco de sabores bien explicados en todo momento por los predispuestos camareros. Existe en todo este proyecto una encomiable labor didáctica que queda patente en el esfuerzo de renovar semanalmente los catorce barriles en busca de nuevos desafíos y experiencias gustativas para los clientes asiduos. Una barra en permanente transformación y respaldada por una labor de investigación realmente notable.

     Y como no solo de cerveza vive el hombre, The Stuyck Co. cuenta con una zona de restaurante en la que defender el valor de la cerveza dentro de la gastronomía. ¿La apuesta? Maridajes de cerveza personalizados para cada cena, y por supuesto en sintonía con la carta que ofrece al comensal. Hamburguesas, tartares, conservas, croquetas y diferentes platos para compartir conforman una propuesta ideada para cenas informales alejadas de cualquier corsé. De las limitaciones del producto (la cerveza suele llenar mucho e incluso llegar a ser pesada) The Stuyck Co. encuentra una oportunidad. Un sistema de pizarras sobre las que se sirven cada uno de los bocados, todos ellos numerados, y unas tablas de chupitos de cerveza pareadas con cada bocado para maridar a tragos cortos y encontrar en la variedad el gusto. De esta manera se pueden probar un gran número de combinaciones sin llegar a resultar pesado. La selección de quesos también marida con sus cervezas correspondientes y ofrece notas de interés para finalizar la comida.

     The Stuyck Co. es un lugar ideal tanto para viejos aficionados como para incipientes curiosos en el mundo de la cerveza. Una oportunidad para explorar las infinitas posibilidades de los sabores de la cerveza combinados con una variada y apetecible carta de platos conocidos por todos. Este grupo de admirables apasionados cerveceros le descubrirá interesantes puertas gastronómicas que no imaginaba, todo ello con la cerveza como infatigable compañera.

 

Dirección:

Calle Corredera Alta de San Pablo, 33, 28004 Madrid

La casita del Pradal

La casita del Pradal

     Ubicado en un esquinero chalet de ladrillo en las inmediaciones de Arturo Soria se presenta la última propuesta del grupo El Pradal. Hosteleros conocidos para los buenos aficionados por su restaurante de nombre homónimo que tan buena fama se ha forjado desde San Sebastián de los Reyes. Si existe una apuesta firme de este grupo esa es la del producto de calidad y en esta, su nueva casa, no ha variado ni un ápice. Carnes y pescados servidos por algunos de los mejores proveedores del mercado consiguen poner en el plato de los comensales rodaballos, merluzas o chuletas añejas de alta exquisitez.

     Varias zonas diferenciadas dentro del espacio configuran una oferta gastronómica disponible desde la mañana hasta la noche. Una barra de pinchos y buenas referencias en vermuts en planta baja para el aperitivo, mesas amplias para picar a cualquier hora, el restaurante a la carta con un estilo más formal e incluso una terraza en la azotea. Espacio éste que sin duda prestará un gran servicio en las calurosas noches de verano.

     Si el producto y la cocina de mercado son las principales señas de identidad de El Pradal, en esta nueva casita se abren unas licencias a la fusión, principalmente de base peruana, que crean un resultado de enorme interés y novedad. Mientras que una buena parte de la carta permite optar por elecciones más tradicionales en las que disfrutar de lo mejor del buen producto, existe también una serie de platos seleccionados para los comensales más aventureros que aportan notas contemporáneas de gran valía. Una oferta variada que permite convivir en la misma mesa a paladares heterogéneos, hecho no demasiado habitual en el panorama gastronómico.

     Como aperitivo de bienvenida un cangrejo de concha blanda frito en tempura y acompañado de una ligera ensalada de quinoa y tomate. Acertadas notas picantes que surgen de una condimentación realizada a base de ají amarillo en un snack inicial de mayor relevancia de lo que suele ser habitual. Bocado introductorio en la escalada de sabores picantes que estaba por venir. A continuación un ceviche de alta intensidad (siempre y cuando se aclare que uno no tiene reparos) que cuenta con los elementos justos, a la vez que necesarios, para conseguir un resultado como mandan los cánones. Excelente elaboración sin innecesarios complementos. Uno de los mejores ceviches que recuerdo haber probado en Madrid y una puerta en el tiempo que transporta a las remotas tierras peruanas.

     En este recorrido por las posibilidades de la tradición mediterránea y la fusión peruana aparece una magnifica y sabrosa menestra de borraja con leche de tigre amarilla y almejas. Una buena muestra de que los platos saludables no tienen porque suponer una renuncia al sabor. Los principales mantienen un nivel alto y debido a la calidad del producto, este se muestra más desnudo que en los primero. Un delicioso pulpo al carbón, quizás uno de los platos más recomendables de toda la carta. También destaca el lomo de atún que se pasa ligeramente por la parrilla. En el final de la parte salada el que sin duda fue el mejor plato de la velada, un maravilloso solomillo con mantequilla, soja, romero, chile rojo y cebolla morada que presentaba una carne tierna y jugosa con acertados contrapuntos de la mano del aderezo.

     El servicio de sale exhibe oficio y buenas maneras, de la misma forma que el servicio de vino. Gusto y buena selección de referencias que escapan de los nombres más habituales. Como tónica general unos precios muy comedidos que permiten acompañar las comidas de botellas que estén a la altura. Los postres no desentonan, buen recuerdo para una tarta de queso con pesto dulce, tomate y vainilla servida con una cuidada presentación.

     La casita del Pradal muestra mimbres de propuesta a largo plazo con una decidida vocación por afianzar los elementos realmente importantes de cualquier restaurante, servicio, producto y cocina. Una casa a la que seguir muy de cerca mientras se disfruta por el camino.

 

Dirección:

Calle de Belisana, 17, 28043 Madrid

El mesón de Fuencarral

El mesón de Fuencarral

     Algo más de ochenta años, una guerra civil, y tres generaciones familiares han pasado por las cocinas de este clásico mesón de corte tradicional, El mesón de Fuencarral. Un espacio que antaño fue venta para caminantes, refugio para milicianos, y hoy permanece impertérrito en las inmediaciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Este antiguo caserío ha llegado hasta nuestros días gracias a sucesivas reformas que han mantenido las instalaciones sin perder un ápice de un entrañable encanto nostálgico que se percibe en cada rincón. Visitantes, comensales, conocidos y amigos han poblado sus mesas a lo largo del tiempo. Pocos son los madrileños que no guardan algún recuerdo de este restaurante a las afueras de la gran urbe.

     Hoy en día nadie duda que vivimos tiempos de cambio. Algunos más fuertes, otros más rápidos, y prácticamente ninguno predecible. En este contexto cada vez más personas se afanan por descubrir la raíz de esos cambios, las implicaciones de cada uno de ellos en el individuo. Cada uno dibuja sus escenarios futuros con hipótesis de todo tipo. Hace no mucho conversaba con una persona afilada y reflexiva acerca de estos temas. Con el devenir de la tertulia y al abordarle sobre los orígenes y definiciones de cada uno de estos grandes cambios en los que estamos inmersos el me contestó de manera sencilla a la vez que clarividente:

     - En momentos de cambio, en los que todo el mundo se apresura a identificar y catalogar todas y cada una de estas transformaciones, en las que la atención se centra sobre estas cuestiones; es quizás en estos momentos cuando lo realmente importante, lo verdaderamente valioso, sea descubrir cuales son las cosas que nunca cambian en el ser humano, aquello que permanece invariable.

     Este mesón tiene mucho que decir sobre esta sabia actitud de valorar el paso del tiempo sobre las cosas, acerca de alejarse en la medida de lo posible de las vorágines pasajeras. Lograr que los platos, los productos, sepan de la misma forma que hace cincuenta años requiere de gran esfuerzo y dedicación. Adaptarse y actualizarse para que en el fondo nada cambie.

     El gazpacho se elabora como antaño, cortando los ingredientes a mano, en contra de unos paladares que cada vez buscan más la textura licuada en esta receta tan nuestra. La escrupulosidad en la transmisión de las recetas es uno de los grandes valores de este mesón al mismo tiempo que uno de sus mayores atractivos. Todas las ensaladas y entrantes vegetales se realizan con productos de la huerta de la máxima frescura, algo que se percibe desde el primer bocado. Gran atención merecen las carnes, dónde se trabaja con productores seleccionados, pues es ahí donde varían en mayor medida los resultados de estos platos. En este caso la oferta es excelente. La paletilla de lechal, el cochinillo de Segovia (con denominación de origen), el solomillo o un fantástico secreto ibérico son sólo algunos de los tesoros cárnicos que guarda este restaurante y que tanto representan a la comida castellana.

     La selección de postres, todos caseros, recoge principalmente elaboraciones a base de lácteos y muy arraigadas en la cocina nacional. La leche frita, el arroz con leche o la cuajada se presentan en perfectas condiciones y con todos los matices característicos de estas recetas. Además de todas las bondades que se desprenden de lo anteriormente citado, la mayor parte de la carta se replica en una versión para celiacos. Un proceso que debido a su sensibilidad se cuida hasta el extremo con zonas y utensilios bien diferenciadas dentro de la cocina. Una oferta de más de treinta platos que no tiene prácticamente comparación en la capital.

     El mesón de Fuencarral ofrece una cocina de siempre, accesible a todos los públicos, en la que el producto y el servicio se caracterizan por una decidida continuidad a lo largo de los años. Todos ellos mimbres de una manera particular de entender la gastronomía. Una visión que a pesar de no ser tan mediática como otras, no le resta un ápice de su necesidad y disfrute.

 

Dirección:

Carretera de Colmenar Viejo Km 14,500, 28049 Madrid

LA BISTROTECA

LA BISTROTECA

 

     Una de las situaciones que más confianza genera al entrar a un restaurante es reconocer a los comensales como asiduos visitantes. Un saludo cómplice, que el camarero se refiera a ellos por el nombre de pila o simplemente que pidan lo de siempre a la hora de la comanda. Cualquiera que visite La Bistroteca percibirá fácilmente esta atmósfera cercana y acogedora que inunda el espacio y las relaciones entre público y servicio. Si esto sorprende por lo general, la impresión se acentúa con el hecho de que el restaurante haya abierto hace apenas unos meses. Y es que cuando algo funciona, no existen mejores prescriptores que sus propios clientes ni mejor canal que el boca a boca.

     El buen gusto se percibe nada más entrar en un interiorismo tratado con cariño y sensibilidad. Un ambiente en el que predomina la madera y unas acertadas lámparas doradas que aportan la nota distinguida dentro de un conjunto honesto y confortable. Mucho de estas intenciones se han plasmado en la carta y posteriormente se trasladan al plato. Relajada e informal propuesta plagada de toques gourmet que marcan la diferencia. Una actitud que se reconoce como el espíritu del restaurante.

     A la hora del comienzo la carta ofrece una buena oferta de entrantes para compartir, todos ellos con toques exóticos pero ampliamente conocidos ya por el público madrileño. Un sobresaliente guacamole servido sobre mortero de piedra y aderezado delante del comensal es la mejor opción para abrir cualquier comida en La Bistroteca. El preciso y generoso punto de la lima aporta frescor a una salsa de extraordinaria suavidad. Exceptuando el ya famoso guacamole de Punto MX no recuerdo haber probado uno de nivel similar en Madrid. Otra de los platos por los que tengo especial predilección y que no en todos los restaurantes cumple las expectativas son los tequeños, una de las recetas venezolanas más conocidas fuera del país. Este entremés consistente en unos crujientes palitos de queso se ejecuta con maestría en La Bistroteca, acompañados de una salsa de tomate y albahaca en la que da gusto mojar.

     En los principales la estrella indiscutible son las hamburguesas a pesar de que la carta también ofrece brochetas y entre panes. El mimo mostrado en cada detalle y lo sabroso del resultado final hacen de estas hamburguesas un contendiente claro a disputarse, en muy poco tiempo, el podio entre las mejores de Madrid. Los carne es 100% gallega, criada en libertad y se pica diariamente para elaborar cada uno de los trozos que llegan a las mesas. Existen también opciones alternativas dentro de las hamburguesas como la Nipona, consistente en un medallón de atún a la plancha, o La Corrala, para los amantes del pollo. Para mi gusto, y tras varias visitas, La Gansa es la opción más recomendable. Al filete de vaca añeja se le suma un delicioso medallón de foie a la plancha, cebolla caramelizada y rúcula, todo ello entre una pareja de panes artesanos elaborados a base de cerveza negra. Un resultado sabroso y satisfactorio con los ingredientes justos y necesarios, sin caer en ningún momento en excesivas combinaciones que acaban desvirtuando los sabores.

     Buenas opciones en los postres, como el mousse de maracuyá con crumble de almendras, y una agradecida selección de cócteles y copas completan una opción altamente recomendable en la que disfrutar de veladas en confianza. A todas las bondades de una propuesta acertada en lo que a su diseño se refiere, tanto de sala como de carta, se le añade una relación calidad-precio inmejorable apta para todos los bolsillos.

 

Dirección:

Calle de Espartinas, 7, 28001 Madrid

TAPIOCA

TAPIOCA

     El barrio de La Latina es sinónimo de movimiento, tanto por lo ajetreado de sus calles, especialmente en fin de semana, como por la cantidad de propuestas y espacios que se suceden y que lo dotan de una vitalidad y dinamismo de la que pocas otras zonas de Madrid pueden presumir. Un conjunto en constante ebullición que tiene en el tapeo y las terrazas una de sus grandes señas de identidad. Y es precisamente en esta zona de la capital dónde una joven pareja brasileña ha decidido abrir un nuevo proyecto que dote al barrio de un plus en lo que a su oferta hostelera se refiere. Tapioca, un restaurante brasileño para La Latina que cambia los tradicionales pinchos de la zona por una oferta más formal y elaborada en la que recorrer la gastronomía del país sudamericano con guiños a otras regiones.

     El local, de entrada diminuta, se sitúa justo enfrente del Mercado de La Cebada en una posición privilegiada dentro de el barrio. En el interior la madera y el ladrillo visto inundan la decoración del restaurante originando un conjunto íntimo y personal en el que el tiempo sucede a una velocidad diferente. Tranquilidad y reposo para acompañar comidas sin agobios.

     Las notas exóticas impregnan toda la carta, algo que se percibe desde una variada oferta de entrantes entre la que destacan unos kibes libaneses rellenos de carne y unas coxinhas brasileñas de pollo, ambas elaboraciones son versiones regionales de las croquetas, también presentes en la carta, en este caso de espinacas y Roquefort. Un recorrido alrededor del globo a través de esta popular y accesible receta que se presume ideal para compartir a la hora de los entrantes. También destacada para aquellos amantes de la cocina más saludable, la ensalada Yakimeshi, propuesta verde que tiene como protagonistas al pepino y el wakame, una combinación refrescante para el paladar salteado con unas finas tiras de pollo.

     Carnes y pescados de diversa procedencia protagonizan la oferta de los principales. Entre las especialidades de la casa, en palabras del propio chef, se encuentra un original salmón al maracuyá. El salmón es presentado sobre una base de arroz que actúa como guarnición del pescado. En el lado de las carnes la estrella indudable es la picanha brasileña, un corte tierno y jugoso con el punto de la carne establecido a la perfección. Bocados suaves y llenos de sabor en un plato imprescindible para todo aquel que visite Tapioca. Como guarnición unas patatas finas, crujientes y en su punto que hacen del conjunto, el que posiblemente sea el mejor plato del restaurante. Un corte de carne genuinamente brasileño y difícil de encontrar en otros restaurantes de la capital.

     Los postres suponen otro de los grandes aciertos de la carta. Una apuesta certera e inteligente por una reducida selección de tartas que esconde en una elaboración completamente artesanal su mayor tesoro. Clásicos como la tarta de zanahoria, la red velvet o una espectacular cheese cake bien merecen una visita. 

 

Dirección:

Plaza de la Cebada, 9,28005 Madrid

TOP TEN

top ten

     ¿Qué pasaría si fuera el comensal el encargado de configurar la carta del restaurante? Un hecho extraño a día de hoy, que analizado con detenimiento conlleva menos dificultades de las que puede parecer a primera vista. Un concepto atractivo que con un cierto protocolo puede resultar de enorme interés para los clientes. Ideas singulares y frescas que se encuentran en una de las últimas novedades del panorama foodie de Madrid. Top Ten, un espacio gastronómico versátil y atractivo ubicado en el céntrico barrio de Trafalgar.

     Top Ten es una propuesta en permanente búsqueda de actividades e iniciativas que trascienden el entendimiento más tradicional de lo que la palabra restaurante significa. Desde una presentación de un libro hasta una cata de cervezas belgas realizada íntegramente en inglés. Un acercamiento desenfadado e inteligente a la manera en la que un restaurante puede conectar con públicos de diversa índole. Espacio flexible a modo de condensador de acontecimientos en el que además, y no menos importante, se practica una cocina honesta, accesible y disponible tanto para el día a día como para las ocasiones especiales de fin de semana.

     Entre los entrantes sorprende una burrata de confitura de hongos, suave, cremosa y absolutamente recomendable. Unas tostas de pan crujiente acompañan este sabroso queso y lo convierten en un plato ideal para compartir. Uno de los mejores de toda la velada en el que la confianza en el buen producto marca la personalidad del mismo. Destaca también el imaginativo arenque marinado con crema de aguacate, una tapa con fisonomía de nigiri en el que el aguacate sustituye el soporte de arroz de la receta nipona. Un bocado fresco de agradecido regusto. La tanda de entrantes terminó con un bien presentado saquito de setas y langostinos con salsa trufada de puerro. Un envoltorio crujiente con una mezcla arriesgada que resulta en un plato convincente y de buena factura.

     Con una carta amplia y variada en la que a veces es difícil aclarar las preferencias tuve la suerte de descubrir un entrecote gallego con chimichurri y patata asada en el que el buen pedigrí de la carne se vislumbró nada más aparecer en escena. Es de agradecer, y desde luego necesario resaltar, que existan propuestas honestas y para todos los bolsillos como es Top Ten, en las que se tenga tanto cuidado en la materia prima de cada plato. Se puede dar bien de comer a precios razonables y este restaurante es prueba de ello. Tierna, jugosa y en su punto, considero a este trozo de carne una parada obligatoria para todos aquellos que se dejen caer por este atractivo rincón de Madrid.

     A la hora de los postres una reducida pero imaginativa carta ofrece las últimas sorpresas entre las que llama la atención la curiosa sopa de helado de vino con mascarpone o el tiramisú de turrón. Una coherente y apañada selección de vinos, a buen precio y resultones, vienen a completar una propuesta diferente y llena de vida para la capital. Un espacio apto para casi cualquier ocasión en el que imaginación, gastronomía y diversión se dan la mano.

 

Dirección:

Calle del Cardenal Cisneros, 19, 28010 Madrid

PAPERBOY

Paperboy

     Estamos acostumbrados a asociar los perritos calientes con puestos callejeros, y la realidad es que esta en sus orígenes y en todas esas imágenes de las películas de Hollywood que tanto han calado en nuestra forma de ver el mundo; pero de un tiempo a esta parte estos sándwiches a base de salchichas se están colando en locales más formales y permanentes. Las ciudades empiezan a ver como esta receta compite con otros formatos de streetfood de igual a igual con una serie de propuestas destacables. Comida callejera que ya no asalta al cliente en medio de la calle y que, en su lugar, es el cliente el que sale a su búsqueda en formatos más estructurados y atractivos.

     Combinaciones arriesgadas, excesivas en algunos casos a primera vista pero con un resultado notable y satisfactorio. Un acercamiento desenfadado a la confección de una carta, en este caso a base de cabeceras de periódicos de todo el mundo. En Paperboy se puede pedir desde un Clarín (mi favorito) hasta un ABC pasando por un New York Times (según dicen el más demandado). La personalización del perrito permite elegir entre varios tipos de salchichas (hasta cinco) que combinar con las numerosas elaboraciones que ofrece su divertida carta, todo ello acompañado de un pan artesanal delicioso y un buen surtido de salsas caseras. Pequeños detalles que marcan la diferencia.

     Un surtido de entrantes no muy extenso pero bien seleccionado completa a la perfección la propuesta general. Alitas de pollo, aros de cebolla o jalapeños en raciones para compartir. Me quedo con unos ricos tequeños, los ya famosos palitos de queso de estilo venezolano que se acompañan con salsa tártara, una opción casi obligatoria al acercarse a Paperboy.

     La calidad de las salchichas y lo esponjoso de los panes ayudan a completar unos conjuntos cargados de sabor e intensidad. Buen nivel de todos los condimentos, especialmente el queso provolone presente en algunas de las propuestas. Acompañamiento de lujo unas patatas fritas bien cortadas y doradas en su punto justo. Como no podía ser de otra forma todo ello se sirve sobre originales manteles-periódico. La cerveza artesanal, tan extendida ya por nuestro panorama gastronómico, y en este caso de marca La Virgen, no falta en la carta. Para todos aquellos amigos del dulce Paperboy guarda un apartado final de postres americanos con ya clásicos habituales como el brownie con helado o una irresistible cookie con vainilla.

     Cerveza y perrito, combinación para cualquier día y hora que propicia numerosas y reincidentes visitas debido a lo extenso de su oferta. También dispone de opción para llevar y, a través de algunas plataformas, la posibilidad de recibirlos en casa. Numerosas facilidades para disfrutar de esta propuesta honesta y agradecida que tantos pequeños y buenos momentos regala.

     En definitiva, este escondido rincón de Azca comandado por Alfonso Bortone es un lugar ideal tanto para los fieles amantes del perrito como para todos aquellos curiosos gastronómicos que quieran descubrir que hay vida más allá de la salchicha con kétchup y mostaza. 

Dirección:

Calle de Orense, 10, 28020 Madrid